Marruecos / Marrakech, Rahba Kedima

Uno de los rasgos inconfundibles de cualquier ciudad islámica es el canto de los muecines, que divide el día en partes desiguales con una precisón –casi– de reloj suizo. En el instante en que los altavoces del minarete quiebran la cotidianidad, la ciudad parece quedar relegada a un segundo plano.

Mientras los devotos se preparan para ir a la mezquita, las llamadas a la oración que salen de los distintos minaretes se sobreponen para ocupar el paisaje sonoro. En lugar tan frenéticos como Marrakech, incluso, los músicos dejan de tocar.

Aquel día habíamos subido a tomar un te en una terraza de Rahba Kedima –o Plaza de la Especias–, con la intención de grabar la puesta de sol. Sin haberlo previston, sin embargo, la oración del maghrib nos sorprendió allá arriba, mientras los vendedores cerraban los últimos tratos del día bajo la luz de las farolas y empezaban a guardar sus mercaderías.

Con una voz melancólica, impregnada por la devoción, aquel muecín de la plaza nos regaló un instante especial. Y entonces no lo sabíamos –apenas hacía cuatro días que habíamos aterrizado en Marruecos–, pero aquel fue uno de los cantos más bellos que hemos escuchado desde que estamos en el país.

“Venid a rezar. No hay más dios que Dios y Muhammad es su Profeta”.

Después, silencio. El silencio murmurioso que permanece tras rezar a Dios. El silencio de lo mundano, de unos pasos sobre los adoquines. El de las conversaciones intrascendentes, las motocicletas cruzando la plaza y las vallas metálicas bajando hasta un nuevo día.