Cuentos desde el Sur – Recogerse

Detrás de nuestra casa, en mitad de los callejones que se intuyen más del jardín, hay un lugar donde pastan las vacas. Colocadas en paralelo y castigadas contra la pared, están atadas a una cuerda tan pequeña que apenas les permite levantar la cabeza.

En ambos lados de la vía hay un poyo para ver pasar el tiempo, y es que, en esta tarde gris, no se alcanza a ver mucho más desde aquí. A poca distancia de donde nos hemos sentado, una señora y un joven permanecen a la espera de la lluvia inminente. Algo más lejos, al principio del callejón, una mujer vistiendo sari y con jazmín en el pelo muñe las vacas, sonriéndonos de vez en cuando mientras sostiene el cuenco metálico en una mano. En el balcón de enfrente, un matrimonio de mediana edad inmortaliza nuestra presencia con la cámara de fotos de su móvil, mientras se escucha el griterío de un grupo de niños que juegan al criquet bajo la luz de una farola. Al poco de reemprender nuestra marcha, cuando nos acercamos al templo de Krishna, el cielo comienza a regalarnos las primeras gotas. Allí, junto a la puerta de entrada, dos caballos deambulan en la acera y un señor pide limosna a los fieles. Huele a tierra mojada y, en el asfalto empapado, las luces de neón del cine de enfrente se reflejan tímidamente, anunciando otra increíble historia de amor. Un sentimiento tan fuerte como el que nos amarra irremediablemente a esta región, el mismo que nos ha traído de vuelta casi diez años después. Se está haciendo de noche y, de regreso, envuelto todo en la luz de las farolas, reina el silencio. Ha cesado ya el murmullo lejano de los niños correteando y los mayores permanecen en la calle, pensativos, sentados en los escalones de su portal. Contemplan la llegada del ocaso. No va a llover más y es el momento de retirarse, hacia casa y hacia uno mismo.