Compartir con los animales

8 agosto, 2019

Nos encanta interactuar y compartir tiempo con los animales, tanto en nuestro día a día como cuando viajamos. Y, aunque en algunos lugares hay que ir con cuidado al hacerlo, cuando pasas mucho tiempo en un mismo sitio terminas por relajarte y te dejas llevar por la situación.

Entonces es cuando suelen suceder las anécdotas más destacadas —divertidas o tristes—, como las que nos sucedieron, por ejemplo, en India y Sri Lanka.

Entre especies

Una de ellas es la que nos pasó con este mono bebé, y que hizo que un pedacito de nuestro corazón se quedara allí con él. Lo conocimos al llegar a nuestro hostal, en la costa de Sri Lanka, mientras estaba durmiendo en uno de los árboles que había en la entrada.

Al preguntar por él, nos contaron que lo habían encontrado solo en la selva, pues su madre lo había abandonado al nacer para evitar así conflictos con otros machos.

No sabemos si la historia es cierta. Lo que sí sabemos es que una mañana a primera hora, cuando nos dirigíamos a la playa, el mono nos vio y empezó a perseguirnos.

Asustados, sin que supiéramos si nos quería morder o atacar, empezamos a correr entre las mesas y las sillas del hostal para evitar que nos alcanzara. Aunque conseguimos salir a la calle, allí también nos continuó siguiendo con desesperación.

Para nuestra suerte, al vernos correr, un señor mayor que pasaba por allí se acercó y tomó el mono con las manos, sin dudar. Y lo trajo de vuelta al hotel, mientras nosotros se lo agradecimos repetidamente, todavía con el susto en el cuerpo.

Al regresar, unas horas después, explicamos lo sucedido a los dueños del hostal, quienes riendo nos dijeron que no pasaba nada, que solamente quería jugar y tener contacto. Nos sentimos mal por ello, por haber dado la espalda a un bebé desamparado.

No mucho tiempo después, mientras estábamos tomando algo en la terraza interior del hostal, el mono volvió a vernos y bajó rápidamente. Esta vez se dirigió directamente hacia mí (Lidia) y, aunque dudé unos segundos, me quedé parada para ver qué pasaba.

Entonces, corriendo, el pequeño mono dio un salto y se colgó de mi pierna como si fuera una rama. Allí estuvo un buen rato, amarrado, hasta que subió hasta mis brazos para quedarse dormido.

En esos momentos sentí su necesidad de amor y de calor, su añoranza de sentirse arropado. Nunca olvidaré ese momento, de amor y ternura y, al mismo tiempo, de profunda tristeza.

No sabemos qué vida le deparaba, a pesar de que los dueños del hostal nos dijeron que su intención era dejarlo en libertad cuando pudiera valerse por sí mismo. No lo tenían allí como atracción y, según nos pareció, sus intenciones eran buenas.

Aunque también es verdad que, desde nuestra persecución —y a pesar de nuestras reiteradas peticiones para que no lo hicieran—, lo tuvieron a menudo atado a un árbol para que no molestara a los huéspedes.

El día que nos fuimos de allí, el pequeño mono había decidido cambiar de sitio y, aprovechando que un momento en que no estaba atado, había trepado hasta lo alto de un árbol situado en frente de la calle, resguardado entre sus hojas.

Así que nos marchamos sin saber el desenlace de su historia, y con la duda que nos acompaña a menudo frente a estas situaciones: ¿podíamos haber hecho algo más por él?


*No estamos hablando, por supuesto, de las interacciones con animales que son usados como atracción turística.

Como ya dijimos en nuestro post de bienvenida, apoyamos totalmente el manifiesto de turismo responsable con animales impulsado por FAADA. Somos muy conscientes del daño que estas interacciones generan, así como de los métodos que se utilizan para hacerlas posibles.

Puedes ver más información sobre este tema pulsando aquí.

    

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